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jueves, 13 de septiembre de 2012

cuento

El Pastel  de la Cuaresma
Cuando Doña Leonor trajo su delicioso pastel de chocolate y fresas a la iglesia rusa en Lisboa, no sabía que los cristianos ortodoxos en el período de la Cuaresma, no comían ni carne, ni pescado, ni huevos, ni leche ni sus derivados. Aunque el pescado sea permitido en el Día de la Anunciación y el Domingo de los Ramos, por tratarse de fiestas  que anuncian la alegría de la Pascua que está por venir, no es de esos pormenores ni de las tradiciones populares y religiosas que voy a hablar ahora. Tampoco me voy a explayar en explicar las razones por las que eses específicos alimentos están temporalmente eliminados del menú de los creyentes ortodoxos, ni voy a detenerme en los pormenores de este ayuno ni de su importância en el Cristianismo oriental.
Doña Leonor, una señora mayor, aunque no sabría precisar su edad, vive en el barrio de Alfama en el centro histórico de Lisboa y lo que la trajo a la antigua capilla de Boa Nova, actualmente la Parroquia en nombre de Todos los Santos, no era el interés en convertirse, ni siquiera una curiosidad cultural. aunque, nunca se sabe... porque nadie de nosotros puede imaginarse lo queva en los planes de Dios.
Según las propias afirmaciones de esta señora, lo que se oye en la pequenã iglesia blanca son apenas palabras suaves. No me refiero a la gran variedad de tonos y acentos con que numerosos rusos, ucranianos, moldavos, georgianos, armenios,rumanos y serbios pronunciaban las frases en portugués,sino a su contenido y valor. Aquí nadie le decía que era vieja y aburrida, nadie le mandaba que se callara, nadie ignoraba sus preguntas, ni despreciabasus temores y preocupaciones.
Su rostro, que revelaba mucho sufrimiento y escondía aún más dolor nos transmitía a todos el mensaje que las cosas en su  casa estaben muy lejos de ser ordenadas y construídas por la mano de un arquitecto hábil, dedicado y feliz con su trabajo. No pienso que ella viva en condiciones precarias, aunque muchas de las casas en este barrio lisboetaa tengan un aspecto un poco descuidado.  Lo que no está bien en su casa no serán ni las paredes, ni los caños, sino los ladrillos y tejas de su familia, probablemente mal puestos desde hace muchos años, o tal vez, desde el inicio de su maternidad, pero eso no lo sé ni lo puedo afirmar con certeza, porque ella nunca nos lo reveló completamente, y tampoco importa saber los pormenores. Hay que  respetar la sensibilidad de las personas y no preguntardemasiado para no herirlas. Sacar conclusiones precipitadas es propio o de los muy temerários o de los muy entrometidos, y como no soy ni una cosa ni otra, me limitaré a describir a doña Leonor apenas a partir de sus palabras y acciones.. Sus grandes ojos oscuros hacían recordar ellago  de Baikal: en la superficie calmos y por dentro los más profundos en el mundo. Eses ojos escondían muchas incógnitas y dudas, siendo con certeza una de ellas la de por  qué habrá merecido un tratamiento impropio por parte de su hijo y su nuera.
Era viuda hace años, y la mayor parte de sus amigas ya no constaban en el índice de los habitantes de la vida terrena, y las que todavía le restan, o tienen la misma fragilidad física que ella, o por la dureza de la vida cotidiana no encuentran disponibilidad ni  sensibilidad para ver y escuchar a doña Leonor. Fue por eso que esta señora empezó a frequentar la iglesia de la comunidad ortodoxa rusa todos los domingos.
A veces asistió a las liturgias, pero como no entendía el idioma, no se podría decir que estaba allí precisamente para escuchar el mensaje del Verbo Divino. La mayor parte de las veces  que visitaba la pequeña iglesia blanca, cerca de la estación de trenes en Santa Apolonia, era para estar presente en los almuerzos de la comunidad que tenían lugar en el segundo piso del templo después de las ceremonias religiosas. Repito que no tengo la certezade que fue la voluntad de comer lo que la motivaba a venir. Más bien creo que se trataba del convivio en sí y del deseo de pasar un poco de tiempo rodeada de gente, o para sentirse menos sola que en la compañía de su hijo y su nuera.
" Buenos días, doña Leonor","Cómo está usted hoy?" " Durmió bien?" " Le siguen doliendo las piernas?" "Quiere un poco más de zumo, doña Leonor?" " "Y, qué tal un pastelito más?" Las que acabo de referir, son apenas algunas de las preguntas que le eran dirigidas semanalmente por los miembros de la paroquia de Todos los Santos en Lisboa.
Para los que conocen la vida de esta particular comunidad ortodoxa, se trataba de frases tan simples y naturales en la comunicación durante los aalmuerzos en que  cada uno traía , compraba opreparaba alguna comida, para compartirla y para volver más bonitas y agradables las horas después del largo y a veces cansativo servicio a Dios. Cuando digo cansativo,  pienso en la tradición que loscristianos ortodoxos preservan desde los tiempos más lejanos de su existencia, de estarde pie durante laliturgia,pero, como ya he dicho, no es el aspecto teológico ni cultural de nuestras ceremonias que voy  a abordar ahora. Lo que de nuestras bocas salía tan naturalmente en las conversaciones semanales con doña Leonor, era probablemente lo que estas  señora  necesitaba deescuchar hace años, y que no era pronunciado por nadie que compartía su realidad cotidiana.
Fue por eso que un domingo de primavera ella decidió hacer el delicioso pastel de chocolate yfresas y de ofrecérnoslo.
- Cómo ha hecho el pastel,doña Leonor?- preguntó una de las parroquianas con el vivo interés de una buena ama de casa y mujer que sabe apreciar un pastel bien preparado.
La señora empezó a explicar la receta. Quando dijo que entre los ingredientes, además del chocolate,estaban también  leche y huevos, alguien comentó con el padre en voz baja que estábamos de Cuaresma.
-Hermanos- respondió el padre en ruso sabiendo  quedoña Leonornolo podía entender- si este pastel tiene chocolate, leche y huevos, y nosotros lo rechazamos, cumpliremos formalmente las reglas del ayuno, pero lastimaremos profundamente el corazón de esta persona sufrida, que lo hizo con mucho amor y cariño para nosotros, espresando su gratitud. Si lo aceptamos, no respetaremos la Cuaresma, pero renunciaremos al nuestro egoísmo y vanidad. Hermanos, somos cristianos o fariseos?
La decisión de la parroquia foi unívoca y dudomucho de que fuese condicionada por el comando de los organismos que durantevárias semanas no ingerían ni chocolate, ni leche ni huevos.
El padre Arsenio y el monje Felipe rezaron la oración correspondiente y bendijeron la mesa. Mientras que entre otros alimentos propios para este período del año, fue comido también el delicioso pastel de chocolate y fresas, en los corazones d los miembros de la  comunidad oprtodoxa rusa en lisboa, que ansiosamente esparaban la Resurrección del Señor, reinaban la paz y el sosiego.
doña Leonor se sintió realmente acogida y en sus grandes ojos oscuro,s que hacían recordar el Lago de Baikal, se vislumbrron dos o tres lágrimas.
Aunque infringir el ayuno y sobre todo la Cuaresma en la Iglesia ortodoxa, no sea un comportamiento propiamente muy acceptable, podría estar segura de que  en el momento de este almuerzo particular, en las  alturas celestiales, Nuestro señor Jesucristo, cuya Resurrección se iría a celebrar en breve, sonrió de alegría...